Ancianos, blanco principal del coronavirus, discriminados y solos

Los aterra ser el siguiente, acusan como nadie la falta de recursos médicos, se sienten discriminados y, sobre todo, solos. Un cóctel que está provocando un aumento de la depresión y el deterioro cognitivo entre los mayores. El primer paso para combatirlo no es difícil: escucharlos. 

Por Raquel Peláez / Foto: Susana Girón

No fuimos muy sutiles. Mientras las noticias los apuntaban como el colectivo más vulnerable y veían a sus compañeros morir en hospitales y residencias porque los recursos les eran limitados, nosotros los encerramos en casa con mensajes de terror: «No toquéis nada», «mejor ni salgáis a comprar». Eso sin contar con aquellas primeras voces que restaron importancia a la pandemia «porque solo afectaba a las personas mayores». Tratamos a los sabios sin la debida consideración y eso les ha pasado factura: «El aislamiento, la soledad, el miedo al contagio y la sensación de discriminación por no poder acceder a determinado material médico por su edad han hecho que aumenten los casos de deterioro cognitivo y la depresión entre la gente de más edad», confirma Javier Olivera Pueyo, psiquiatra del hospital San Jorge de Huesca y secretario de la Sociedad Española de Psicogeriatría.

El doctor, que ha estado en primera línea de atención en las urgencias psiquiátricas desde el comienzo de la pandemia, ha tenido que enfrentarse con casos muy complicados: «Hemos atendido a gente mayor con cuadros de ansiedad muy graves que, incluso una vez terminado el estado de alarma, siguen sin querer salir de casa. En el otro extremo, también he encontrado a ancianos con síntomas psicóticos, como un paciente que trajo la Policía a urgencias porque lo encontraron deambulando por la calle en pleno confinamiento sin mascarilla y diciendo que quería contraer el virus y morirse porque ya no aguantaba más».

Ancianos, coronavirus y salud mental, ¿y si viene el bicho? 3

Auténticos ejemplos de resiliencia

Andrés cumple 90 años y se toma un descanso de su paseo. Paco llega con su bicicleta y se ponen a hablar de los tiempos «de entonces», cuando de mocicos se contagiaban de viruela y sarna, en vez de hacerlo de COVID-19. La sarna la curaban con vinagre, azufre y limón «porque era lo único que había». De la viruela se escapaban por suerte «porque no había vacuna ni na». Recuerdan aquellos años de hambre y carencias y relativizan el coronavirus. Andrés se despide de Paco: «Yo estoy bien, pero lo del Paco es que no veas. Míralo, todavía se sube a la bici, y ¡92 años tiene!».

Si a los mensajes de terror por parte de medios y familiares que pretendían mantenerlos a salvo sumamos el rechazo social que sintieron muchos de los contagiados, los resultados son demoledores: «Tener la infección hacía que fueran rápidamente confinados y, sobre todo en ciertas zonas del ámbito rural, ha sido un estigma tremendo porque todo el mundo se enteraba -continúa el doctor Olivera-. En el hospital hemos tenido casos con trastornos depresivos secundarios al rechazo que han sentido por la enfermedad». El psiquiatra también hace hincapié en el aumento de los síntomas hipocondríacos: «El virus ha favorecido trastornos casi delirantes en algunos mayores que acudían a la consulta diciendo que mostraban todos los síntomas y que se iban a morir, sin realmente tenerlos. Por otro lado, también hemos hecho consultas por vía telefónica con gente que no quería acudir al hospital por miedo a contraer el virus, a pesar de encontrarse muy mal».

Edadismo, la nueva discriminación

El secretario de la Sociedad Española de Psicogeriatría, que trabaja en un estudio sobre los efectos de la pandemia en los más mayores, asegura que todavía no hay prácticamente nada publicado en Europa sobre este tema: «Lo que conocemos es un estudio a gran escala que se ha hecho en China y allí se habla de una prevalencia de depresión entre los ancianos del 37 por ciento. Y eso que en los países orientales no existe lo que llamamos ‘ageísmo’ o ‘edadismo’, que es el desprecio a los mayores. Para ellos, cumplir años significa tener experiencia y eso aporta cierta categoría, algo que no ocurre aquí». También la profesora de Psicología de la Universidad CEU San Pablo Gema Pérez Rojo ha investigado sobre las repercusiones de la crisis en este colectivo a todos los niveles: «Desde el punto de vista físico, la restricción de movimiento ha provocado que la masa y la fuerza muscular disminuyan de forma drástica, por lo que ha crecido el riesgo de caídas y el aumento de la dependencia. También ha habido problemas con el patrón de sueño, y el estrés por la incertidumbre ha afectado al sistema inmunológico». Con respecto a las emociones, la psicóloga apunta a una «terribilitis» que ha provocado mucha ansiedad «porque se han sentido castigados. Mientras el resto de los grupos podían ir saliendo, hemos oído voces de políticos extranjeros que señalaban que si la gente mayor se tenía que quedar en casa más tiempo no pasaba nada porque eso no arruinaba al país».

“Hemos atendido a gente mayor con cuadros de ansiedad muy graves que, incluso una vez terminado el estado de alarma, siguen sin querer salir de casa”, asegura el psiquiatra Javier Livera

Todo esto ha generado muchas tensiones. «En una situación de emergencia como esta se ha utilizado la edad cronológica como criterio de acceso a determinados recursos, y algunos lo han vivido como un castigo. En España, incluso hemos visto como un grupo de vecinos apedreaba un autobús con ancianos que estaban siendo trasladados tras contraer el virus en una residencia». Sin embargo, la profesora de Psicología también apunta que «esta generación muestra una gran resiliencia, aceptación y gratitud, una serie de actitudes que ayudan a afrontar las adversidades con las que nos enfrentamos». También el doctor Olivera ha podido comprobar esta disposición durante sus consultas. «Es la generación de la posguerra, la que sacó España adelante, y han dado un gran ejemplo de comportamiento porque es gente especialmente fuerte. No los hemos oído quejarse. Han sabido incluso aceptar que no les tocaba un respirador en los hospitales».

Ancianos, coronavirus y salud mental, ¿y si viene el bicho? 1

Soledad es nombre de mujer

De las 4.732.000 personas que viven solas en España, cerca de la mitad tiene más de 65 años y un 72,3 por ciento son mujeres, según los datos del Instituto Nacional de Estadística. En lo referente al colectivo de mujeres mayores de 85 años, un 42 por ciento están solas en casa, frente al 21,8 por ciento de los hombres. Y en cuanto al estado civil, la mayoría de los hombres que viven solos son solteros (57,8 por ciento) mientras que entre las mujeres predominan las viudas (46 por ciento). Según la ONG Accem -que trabaja para mejorar las condiciones de vida de las personas en situación más vulnerable-, las mujeres, debido a su longevidad mayor, viven solas un periodo de tiempo más largo que los hombres: 12,7 años, frente a los 9,7 de media de ellos. Este de la soledad no buscada es un problema con graves consecuencias. Según el estudio del psiquiatra Javier Olivera, la desconexión social en los mayores supone un riesgo más elevado de padecer depresión y ansiedad y aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares, autoinmunes y problemas de salud mental. 

Sara Martínez de Pedro es psicóloga en la residencia Nuestra Señora de la Soledad y el Carmen de Colmenar Viejo y describe la situación vivida «como un huracán». «Si a nosotros nos ha parecido terrible confinarnos en un piso, imagínate en una habitación, que es donde han estado los residentes durante todos estos meses», asegura. Martínez de Pedro, que ha dado apoyo psicológico a los residentes desde el principio, trabaja ahora sobre todo con los temas de la estimulación cognitiva -«porque hemos comprobado que hay muchos fallos en la orientación»- y el duelo: «Hemos procurado informarlos en todo momento sobre los fallecimientos que se estaban produciendo, pero al salir del confinamiento es cuando han visto realmente las bajas que se habían producido», explica. El miedo a ser el siguiente ha sido una constante desde el principio: «Se designó una planta para las personas que tenían síntomas y tuvimos que mover a algunos residentes, lo que provocó mucha angustia porque cada vez que alguien tenía que cambiar de habitación pensaba que era porque había contraído el virus». Una de las cosas que más resalta la psicóloga al hablar sobre los efectos de esta situación en la gente de más edad es que cada uno ha reaccionado de una forma muy diferente, pero la sociedad tiende a meterlos a todos en el mismo saco.

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El miedo en el cuerpo

Pilar tiene 87 años y una preocupación más que razonable sobre la COVID-19. Cuando le hacen la prueba del Sintrom para prevenir trombos, pregunta: «¿Y dónde está el bicho, Belén? Yo es que veo unos punticos blancos muy chiquitillos, como flotando, y me pregunto si será eso. Y entonces paso el paño. Porque el bicho tiene que verse, ¿no?, por muy chico que sea». Belén -enfermera en Huéscar (Granada)-, le insiste en que «el bicho no se ve», pero Pilar no parece quedarse del todo conforme.

«Los que trabajamos con programas de promoción del buen trato a las personas mayores sabemos que, muchas veces, en los medios y a la hora de poner medidas restrictivas se tiende a pensar que todos son iguales, cuando precisamente este es uno de los colectivos más heterogéneos. Por su edad y experiencia, cada uno tiene una historia de vida distinta y deberíamos tender hacia un modelo de asistencia centrado en la persona».

Ser un extra en la película de tu vida

La psicóloga afirma que las residencias no pueden seguir siendo «un sitio donde aparcas a las personas para pasar sus últimos días. Este concepto donde dejas a los ancianos sin autonomía y sin capacidad de decisión tiene que desaparecer. La autonomía y la dignidad no se pierden con la edad».

En este sentido, incluso la ONU ha dado la voz de alarma con un informe sobre el impacto de la crisis por la COVID-19 en los derechos de las personas mayores. Tal y como hizo público el secretario general de la ONU, António Guterres, «esta pandemia ha aumentado las desigualdades preexistentes, el edadismo y la discriminación».

“Se tiende a pensar que todas las personas mayores son iguales, cuando este es uno de los colectivos más heterogéneos”, alega una psicóloga para defender la asistencia personalizada

El informe señala que esta situación ha afectado a los ancianos en temas como el derecho a la vida, a la salud, a la autonomía personal, a la atención sanitaria, a los cuidados paliativos, a la seguridad y a disfrutar de una vida libre de violencia, abusos o negligencias. Organizaciones no gubernamentales como HelpAge han señalado también que deben abordarse medidas específicas como el acceso a la información sobre los riesgos a los que se enfrentan y garantizar que los mayores puedan participar en los procesos de toma de decisiones. Según la profesora Gema Pérez Rojo, «han sido el sostén instrumental, emocional y social para las familias y la sociedad, sobre todo durante crisis como la de 2008, pero solamente se los tiene en cuenta en situaciones como esa. Ahora los hemos asustado con mensajes terroríficos, pero no les dejamos decidir sobre nada. Parece que cuando uno va cumpliendo años pasa de ser el protagonista de su vida a participar como secundario, incluso llega un momento en el que se convierte en un extra».

Fuente: XLSEMANAL

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